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El displacer de aprender

  • Foto del escritor: leandrofigueiredop
    leandrofigueiredop
  • 28 ene
  • 3 Min. de lectura

Las consecuencias de la violencia en el aprendizaje y la falta de interés

Hay un instante preciso en la infancia en el que la curiosidad natural choca con la autoridad. El niño, movido por el instinto puro de exploración, comete un error. Tira un vaso, raya una pared blanca o falla una respuesta en voz alta. La reacción que viene del otro lado —ya sea de los padres o de la escuela— rara vez es de acogida. Viene cargada de violencia, sea en el grito, en el castigo o, lo que puede ser aún más devastador, en el silencio de la decepción.

En ese momento, algo fundamental se rompe. Aprendemos, demasiado pronto, que el error no es una etapa del descubrimiento, sino una amenaza a nuestra integridad emocional.


El intelecto como escudo

Desde la óptica del psicoanálisis freudiano, el mayor terror infantil es la pérdida del amor de los padres. Cuando nuestro desempeño se vincula a ese afecto, construimos un Superyó tiránico. El adulto que crece bajo esa sombra no trabaja por propósito o placer, sino para apaciguar a un juez interno severo que nunca se satisface.

Wilhelm Reich fue más allá y observó cómo esta dinámica se inscribe en la carne. Ante la amenaza constante del castigo, el niño se "traba". Contiene la respiración, contrae el diafragma, tensa el cuello y los hombros. Se crea una coraza. El aprendizaje, que debería ser un movimiento de expansión y de ir hacia el mundo, se convierte en un acto de contracción. Quien aprende a la defensiva no crea; apenas repite lo que es seguro para evitar el golpe.


La sombra de la perfección

Carl Jung nos alertó sobre el peligro de fundirnos con la "Persona", esa máscara social del alumno ejemplar o del funcionario infalible. Para sostener esa imagen inmaculada y evitar el error a toda costa, reprimimos nuestra Sombra: el lado instintivo, caótico y vital de la psique.

La paradoja es que la creatividad reside justamente en el caos. Al podar el error y la improvisación en busca de una técnica perfecta, nos volvemos estériles. Vemos hoy una generación de adultos eficientes, pero desvitalizados, incapaces de sentir una alegría genuina en lo que producen.


El cerebro en estado de sitio

La neurociencia contemporánea confirma lo que la intuición clínica ya sabía. Los entornos de aprendizaje hostiles o humillantes activan la amígdala cerebral, disparando la respuesta de miedo. El cuerpo se inunda de cortisol.

Estudios recientes demuestran que este estado químico inhibe el hipocampo y bloquea la corteza prefrontal, las áreas responsables de la memoria y la planificación creativa. Biológicamente, el miedo apaga la capacidad de aprender. El cerebro entra en modo de supervivencia: el objetivo pasa a ser terminar la tarea lo más rápido posible para escapar de la amenaza, y no absorber el conocimiento.

Por otro lado, el placer y la curiosidad liberan dopamina. Es ella la que mejora la neuroplasticidad y consolida el aprendizaje. Sin placer, no hay memoria a largo plazo.


Rescatar el derecho a equivocarse

Para romper este ciclo, necesitamos una nueva relación con el fallo. En un proceso terapéutico o creativo saludable, el error debe ser visto solo como un dato, una información de ruta, jamás como una falla de carácter.

Solo es posible aprender de verdad cuando el cuerpo se siente lo suficientemente seguro para ser imperfecto.


Referencias Bibliográficas

  • Wilhelm Reich | La función del orgasmo (Sobre la coraza muscular y la represión de la energía vital).

  • Sigmund Freud | El malestar en la cultura (Sobre la formación del Superyó y la renuncia instintual).

  • Carl G. Jung | El yo y el inconsciente (Sobre los conceptos de Persona y Sombra).

  • Vogel, S. & Schwabe, L. | Learning and memory under stress: implications for the classroom (npj Science of Learning, 2016).

  • Adolphs, R. | The Biology of Fear (Current Biology, 2013).


 
 
 

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